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Resiliencia, reducción del riesgo de desastres y la falacia de la adaptación sin transformación

Lic. Javier da Cunha -IIARRD 

Desde hace décadas, la ciencia ha advertido sobre la creciente frecuencia e intensidad de los desastres. La crisis climática, el deterioro ambiental y el crecimiento descontrolado de las ciudades han incrementado la exposición y vulnerabilidad de millones de personas. Sin embargo, en lugar de avanzar en estrategias de prevención y mitigación, hemos normalizado la resiliencia como un fin en sí mismo, en lugar de un medio para la transformación.

Se nos dice que debemos ser resilientes, que hay que adaptarse a las nuevas condiciones y aprender a convivir con la incertidumbre. Pero ¿qué pasa cuando la resiliencia se convierte en resignación? En muchos casos, este concepto ha sido utilizado para justificar la inacción política y económica, trasladando la responsabilidad del desastre a quienes lo sufren en lugar de a quienes lo generan.

La resiliencia, en su versión desvirtuada, se ha transformado en el ideal de un sistema que prefiere que la gente se adapte a las crisis en lugar de resolverlas. Diego Fusaro, en su libro Odio la resiliencia, advierte que este concepto ha sido apropiado por el poder para moldear ciudadanos que aceptan lo inevitable sin cuestionarlo: «Nos han convencido de que lo máximo a lo que podemos aspirar es a resistir lo que nos impongan, como si el sufrimiento fuera una virtud en sí misma.»

Yuval Noah Harari explica que los políticos piensan en las siguientes elecciones, los empresarios en los próximos balances trimestrales, pero los científicos piensan en las próximas generaciones. La reducción del riesgo de desastres exige planificación a largo plazo, pero el corto plazo de la política y la lógica del mercado impiden que se tomen medidas estructurales. Mientras tanto, seguimos apostando por la resiliencia como la única respuesta posible.

Cuando la resiliencia se convierte en una excusa para no actuar

La verdadera gestión del riesgo no se trata solo de prepararse para el desastre, sino de evitar que ocurra. Cuando un país invierte más en respuesta que en prevención, significa que ya ha fallado. Sin embargo, en muchas políticas públicas, la resiliencia es promovida como una capacidad individual y comunitaria de resistir, en lugar de como una estrategia para eliminar las causas del riesgo.

Tomemos como ejemplo el Plan Nacional de Recuperación y Resiliencia (PNRR) de Italia, una estrategia diseñada tras la pandemia de COVID-19 con el objetivo de modernizar el país. Aunque incluye acciones para la transición ecológica y la reducción del riesgo de desastres, sigue operando bajo la lógica de la reconstrucción, en lugar de la prevención. Es una muestra de cómo los planes gubernamentales priorizan la recuperación sobre la mitigación, consolidando un modelo donde la resiliencia no es más que una forma de aceptar la vulnerabilidad estructural.

El problema no es la resiliencia en sí misma, sino su uso como una herramienta para justificar la falta de acción política y la incapacidad de enfrentar los problemas de raíz. En muchos países, esto se traduce en una falta de inversión en infraestructura resistente, planes de ordenamiento territorial ineficientes y una dependencia creciente de la asistencia humanitaria en lugar de la planificación del desarrollo.

Hambrunas en el siglo XXI: cuando la adaptación fracasa

Si hay un ejemplo de la falacia de la resiliencia como estrategia de supervivencia, es el hecho de que en pleno siglo XXI seguimos enfrentando hambrunas y crisis humanitarias evitables. La crisis alimentaria global no es solo el resultado del cambio climático o los conflictos, sino de sistemas de producción y distribución diseñados para maximizar la rentabilidad, no la seguridad alimentaria.

Pepe Mujica lo resumió con claridad: «O gobernamos la globalización o la globalización nos gobierna a nosotros.» En lugar de desarrollar políticas que garanticen el acceso equitativo a los recursos, muchos gobiernos se limitan a pedir a sus ciudadanos que se adapten, que sean resilientes ante la escasez, como si fuera una consecuencia inevitable del destino.

La resiliencia, cuando se convierte en el único recurso para enfrentar crisis estructurales, deja de ser una virtud para convertirse en una trampa. Aceptar el sufrimiento no lo convierte en algo justo. Del mismo modo que no deberíamos aceptar los desastres como inevitables, tampoco deberíamos aceptar la injusticia social como parte del sistema.

La sociedad líquida y la gestión de desastres: adaptarse sin romperse, pero sin cambiar nada

El sociólogo Zygmunt Bauman acuñó el concepto de «sociedad líquida» para describir un mundo en el que todo es flexible, efímero y adaptable. En esta sociedad, las relaciones, las instituciones y hasta la identidad individual se transforman constantemente para ajustarse a las exigencias del mercado. La resiliencia, en este contexto, no es más que otra manifestación de la liquidez social: en lugar de enfrentar los problemas, nos disolvemos en ellos, adaptándonos hasta perder nuestra capacidad de exigir cambios.

Aplicado a la gestión del riesgo de desastres, esto significa que nos hemos vuelto expertos en adaptarnos a la crisis, pero no en evitarla. Se nos ha enseñado que lo importante es no rompernos, cuando lo que realmente importa es cambiar lo que nos pone en riesgo en primer lugar.

La reducción del riesgo de desastres no puede basarse únicamente en la capacidad de resistencia de las comunidades. Necesitamos regulaciones que frenen la degradación ambiental, infraestructuras que resistan eventos extremos y políticas que prioricen la prevención sobre la respuesta. Pero mientras la resiliencia siga siendo utilizada como una estrategia de conformismo, el riesgo seguirá aumentando.

Conclusión: menos resiliencia, más transformación

No se trata de rechazar la resiliencia como concepto, sino de dejar de usarla como un sustituto de la acción política. La reducción del riesgo de desastres debe ser una estrategia de transformación, no de resignación. No basta con decirle a la gente que aprenda a soportar el daño; hay que evitar que ese daño ocurra en primer lugar.

El gran desafío es romper con la lógica de la adaptación pasiva y recuperar la capacidad de exigir cambios estructurales. Si seguimos aceptando la vulnerabilidad como algo inevitable, el futuro será un ciclo interminable de desastres, reconstrucción y más resiliencia, hasta que simplemente ya no haya nada que reconstruir.

Porque, al final del día, un mundo que solo se adapta a los desastres sin evitarlos es un mundo condenado a repetirlos.